EL CAMBIO DE CUERPO

 

(Leyenda)- Nemocón, Cundinamarca Colombia.

Me gustaba caminar por las noches. Era bueno sentir  los escalofríos que pasaban rosándome el cuerpo cerca de las doce, cuando la mayoría de las gentes dormían tapadas con las cobijas; escondidas de sus propios fantasmas.

Mis padres siempre comentaban mi valor para desafiar las sombras, en el jardín de nuestra vieja casona, heredada de mis abuelos; casa de leyendas e historias asombrosas que contaban mis tíos en noches de intensa negrura, apenas  rota  por los  vagos rayos de la luna. Decían, que se  sentían  ruidos  insólitos,  golpes  de  fierros,  relinchos y trotes  de  caballo, que incluso  se veían  en  la  oscuridad de los corredores, sombras, siluetas con sombrero y ruana; que llenaban de pánico a mis hermanos mayores.

Nada ha cambiado, ni yo. Sigo saliendo a caminar, y si se trata de sitios señalados por desafortunados accidentes, en donde hayan perdido la vida otros; más me llaman la atención para transitar en umbrosas horas de desvelo. He creído siempre que las apariciones  salen de nuestra propia mente, para hacernos entender cosas.

Este había sido yo. Hasta que…

Fue en una noche de ánimas. De esas frías que embrujan las  estrechas y oscuras callecitas de Nemocón, que no invitan a pasar por allí. Hasta los perros sin hogar se habían escondido. Debajo del brazo, como siempre, no me faltaba el chorote con chicha. Un súbito presentimiento me asaltó de pronto; fue cuando sentí que una voz como un escaso suspiro pronunciaba a mis espaldas vagas y confusas palabras; me volví rápido hacia atrás, y cuál fue mi asombro al encontrarme totalmente solo en la estrecha calle. Un viento  helado como la muerte me hizo estremecer, tambaleándome hasta casi perder el sombrero; pero como he dicho me había considerado un hombre sin miedos, me repuse rápido y seguí. Eso sí, decidí acelerar mi paso hacia la vía que me regresaría a Checua (vereda del municipio), era el momento de regresar a casa. Apresuré el paso, algo me traicionaba por dentro, un sentimiento de temor quería apoderarse de mí.

Ya saliendo del caserío, volvió a arreciar el viento y esta vez paso volando un pajarraco que no pude identificar, pero era negro. Antes de llegar a las últimas cuadras vi a una chica, que recostada contra una pared se veía bellísima. Me pareció extraño su vestuario, era como el de las mujeres que había mirado en fotos antiguas; pero pensé que venía de una fiesta. Lo cierto es que era hermosa, y esas a mí no se me escapaban, así que, ¡a la carga!, —me dije, y mirándola como para que no se me fuera a escapar, caminé. Fue raro, no supe en qué  momento se desapareció. Me apresuré, debía estar al voltear la esquina, pero no. Un relámpago se descolgó del cielo y me la reveló, había avanzado mucho y parecía dirigirse hacia Checua igual que yo.

El camino se hizo corto, porque mi único anhelo era alcanzarla.

Mi celosa mujer siempre decía que un día me llevaría una sorpresa, pero hasta ahora todas habían sido sorpresas muy excitantes y deliciosas.

Que rápido camina, —pensé, apresurando el paso. Me había enamorado. Avancé con rapidez pero en ningún momento me pude acercar. Lo cierto  es que de cuando en cuando, los relámpagos que parecían sus cómplices, me la dejaban contemplar: delgada y esbelta, su ágil y elegante caminar a pesar de tener tacones. Era como un sueño.

Recordé cuando mis padres me mandaron a estudiar a la capital. Ella tenía esos aires.

Levanté de nuevo mi cabeza para mirar que allá,  por el  camino se veía su bello cuerpo dibujado entre las sombras.

El tiempo pasó y ya estábamos adentrándonos a un sitio llamado La Cucariana.

Como cosa extraña, se me vino a la mente…

Muy a pesar de que mis padres se habían esforzado para pagarme estudios, las mujeres y la chicha me tenían en la ruina.

Habían pasado quince días desde que  entrara a trabajar y por fin el momento tan esperado…, el sobre con el fruto del sudor de mí frente.

Al acercarme a cobrar me encontré con varios compañeros, no todos conocidos. Sin embargo no faltó quien me hiciera la invitación  para la chichería de doña Blanca.

—Una libra de chicha para acá, —dijo mi compadre acomodándose en una butaca de madera, mientras  me señalaba  la de al lado.

Yo pensaba en el bulto de papa que tanto me recomendó mi mujer, unos mejoráles para la fiebre del chino más chico, y el acento con que me rogó llevar hueso carnudo.

Entre totumadas de chicha, anécdotas de mujeres pasó el tiempo, como muchas otras veces, en los días de quincena, cuando lograba que me contrataran; las agrías y la chicha me hacían perder los empleos.

Todo esto recordaba cuando… advertí esa figura hermosa que caminaba con garbo aun sobre el pasto crecido. Estábamos en medio de un bosque rodeado por piedras y arbustos que formaban escondites, y pensé. —Esta mujer también se ha enamorado de mí—, eso es, está  buscando un sitio perfecto… Escuche un gruñido que salía de una piedra grande, justo por donde la bella mujer desapareciera hacía un segundo. Y, ese bufido, como cuando a un perro le quieren quitar su hueso, era un eco largo que se extendió en la inmensidad. Y,  otra  vez  la  voz,  la  misma voz que como enredada en mi pasado decía cosas incomprensibles,  como entre suspiros del otro mundo, que me querían enloquecer. Pero ayudado como por el mismo demonio, me recuperé. En Checua  hay piedras de todos los tamaños y etilos, esta era enorme y con unas figuras grabada en color rojo.

Me acerque, para indagar; y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con un enorme perro negro. Quedé hipnotizado por sus ojos que lanzaban chispas, no podía moverme, ni gritar, era como si hubiera entrado hacia la oscuridad y caminara hacia la muerte. El perro no ladraba sino  que aullaba como un lobo; como si  estuviera haciendo un conjuro para llamar la tormenta; mis piernas no me pudieron sostener más, caí sin remedio, algo me apretaba el pecho y los enormes ojos rojos puestos sobre mí. Recordé lo valiente que siempre había sido, me incorporé; pero una boca abierta en extremo que mostraba unos colmillos filudos, mientras gruñía se me lanzó, apenas recuerdo ese pelaje negro que olía a azufre.

Dicen en la vereda  que estoy vivo de milagro. Que cuando me alcanzaron a ver desde el camino en la mañana, no tenía ropa y estaba rasguñado y mordido. Los médicos del hospital dijeron que no comprendían como no morí por hipotermia, y pude después de tres días recuperar el conocimiento. Desde entonces paso sin poder trabajar, con miedo a salir del rancho, solo las manos cálidas de mi mujer, a quien le tocó lavar ropas ajenas para sostenernos, solo ella me consuela. Y cada noche tengo la misma pesadilla.

olga.lucia.rios.a@gmail.com

 

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