LE SIGUIÓ EL RASTRO

 

Leyenda histórica.

En un vagón del tren se veían sentados.

Ella con uniforme escolar, él con una luz extraña en sus ojos, las manos sudorosas y el ceño fruncido. Tenía miedo. No quería que le hablaran, ni que alguien le preguntara por la niña que había sentado al lado de la ventana; con una clara advertencia,  — ¡si se le ocurre gritar, ya sabe lo que le pasa!—.

Era un día de clase cualquiera, donde las estudiantes madrugan con sueños en el alma, y sus libros en la maleta. Muchas sin decidir siquiera tener un novio; acariciando la ilusión de terminar sus estudios y prepararse para una vida de logros y armonía, conquistar un buen hombre y tener sus hijos muy bien cuidados rodeados de amor. No todas lo logran; los casos en que más doloroso puede ser este desvio del camino, es cuando un rostro criminal les clava la mirada lasciva y perversa, de la que no escaparan ya nunca.

Le siguió el rastro

Hasta que se decidió. Desde muy temprano la había esperado a la salida de la escuela. La niña de tez blanca y grandes ojos negros, no pudo resistirse. Muy asustada se dejó conducir por el hombre, a quien no recordaba haber visto antes.

Mientras caminaban, el campesino le daba instrucciones sobre el cuidado con que tenía que comportarse; que si llegaba a decir algo la mataba con un revolver que le mostró, levantándose la camisa.

Y llegaron a su destino. Los esperaban los Caciques, era el apodo que tenían los que ya conocían la llegada de la niña robada, y le tenían su prisión lista; en el Arrayan, en las altas montañas de Moguá, en Nemocón Cundinamarca.

Encerrada, nadie escuchaba sus gritos, ni veía sus lágrimas; su secuestrador salía a trabajar, y al regreso la alineaba con golpes y amenazas. Allí permaneció los interminables días hasta quedar embarazada.

Cuando sucedió su segundo embarazo, aceptó voluntaria trasladarse a una casa de dos pisos, ahí cerca, por El Chuscal, dónde había un gran papayo en el huerto. Fue allí donde su captor la arrastraba del pelo escaleras arriba en medio de sus borracheras, golpeándola y gritándole palabras indeseables.

Llegó el tercer embarazo.

Por los días en que el niño nacería, coincidiendo con las fiestas patronales; y en una de sus esperadas borracheras, el hombre la golpeó hasta la muerte. Aunque ella fue velada en el cementerio, al parecer el niño fue enterrado debajo del papayo, que había en el huerto. Las apariciones se suceden año tras año por los tiempos de cuaresma.

Olga.lucia.rios.a@gmail.com                                                                         Twitter: https://twitter.com/Olgaluciarios7
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