UNA MUJER ANÓNIMA, VÍCTIMA DE LA GUERRA

— Aun en estos días me persiguen

—Dice la mujer de unos 29 años, delgada, no por vanidad, la escasez de alimentos, es una herencia de la guerra que le tocó asumir después de alimentarse de su propia huerta casera. En sus ojos, el sufrimiento y en su voz la rabia y la impotencia que vagan entre el coraje y el miedo.

Así vivía

—La casa no era de comodidades, pero era nuestro hogar, en el patio, por la mañana cantaban los gallos, los pajaritos, y los terneros empezaban a bramar. Era tan bonito, despertaban mis ganas de vivir. Tenía más de una ilusión por la que luchar: ver crecer a mis hijas, una de cuatro años, y dos gemelas, recién caminado.

Mi esposo no estudio mucho, pero a trabajar si aprendió, así que no faltaba nada en la casa y los animalitos que había comprado ayudaban. —¿Usted sabe lo que es comerse el huevito de su propia gallina, tomar leche caliente recién sacada de la ubre de su vaca y hacer sopitas con lo que sembró en la sementera?

Así era mi vida en la vereda de un pueblo de los Llanos Orientales.

—Mi esposo, dejémoslo así, decir nuestros nombres es un derecho que no tenemos, ni al Sisbén nos hemos inscrito porque nos pueden encontrar. Él ha sido un tipo noble, los vecinos lo buscan para que les ayude a solucionar problemas, bueno con todo el mundo, por eso mismo se lo querían llevar ellos (las FARC)

Lo que paso

—Una noche a mi esposo le tocó salir con la niña mayorcita, caminando, era retirado del pueblo, pero así no llamaba la atención. A él, le habían dicho unos integrantes de las FARC, esa tarde, que no amanecía vivo sino aceptaba seguirlos.

No me dijo a donde iría, que así me protegía.  —Fue mentira. A la casa llegaron al día siguiente a preguntar por él, les dije que se había ido, que no sabía a donde, —me dijeron: piénselo, es mejor que hable, es una lástima que no pueda ver crecer a sus hijas — Hablaba uno de los tres jóvenes, mientras con la punta de su arma, levantaba la cobija con que una de las gemelas se tapaba mientras dormía en una hamaca en el corredor.

¿Qué hacer?

Dejé de llorar, así no podía pensar. Llamar por teléfono no era buena idea, solo tomé ropita para las gemelas y lo que pude alzar para caminar un largo trecho, salí a las dos de la mañana. Sentía pasos detrás de mí, ojos que me miraban por entre los árboles, susurros que me hacían detener, no me pude sentar a llorar, solo seguir, huir, no había más.

Llegué a Bogotá donde un tío, me dijo dónde estaba mi esposo, pero que no tenía teléfono por seguridad, apenas pude conseguir pasajes me fui hasta donde se suponía que vivía, no lo encontré, ya lo andaban persiguiendo y le había tocado marcharse a otro lado, no supe a dónde.

Días después, conté con la suerte de encontrar un familiar que se había refugiado en un pueblo de Cundinamarca, me dijo que era muy tranquilo, allí me trasladé.

Dos años después nos pudimos reencontrar con mi esposo. Aquí estamos, los cinco viviendo en una sola habitación, cocinamos y hacemos de todo aquí. Un trabajo en una floristería para mi compañero, y yo con las hijas, que ni han podido entrar a estudiar.

Pero el miedo a que nos encuentren sigue. No crea, esa gente sigue vigente, nos andan buscando.

—Sobre nuestros derechos, poco he sabido, hubo una persona que nos orientaba, nos decía qué podíamos hacer, a dónde ir. Nos ayudó en el caso de un familiar a quién le tocó abandonar todo también; pero a él le dieron varios tiros desde una moto.

Era un domingo en que había mercado campesino, 19 de octubre de 2014, lo llamábamos “Pacho”, él siempre salía a vender hortalizas y aprovechaba para tranquilizar a la gente que estaba teniendo problemas con amenazas, extorsiones y tantas cosas que se presentaban, en esa región del Meta, era muy conocedor de que diligencias hacer en cada caso, ese día lo mataron.

Si le cuento las cosas que he visto, los muertos que me ha tocado cargar desde muy niña, comprendería porque no le puedo decir mi nombre.

 

 

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